dimecres 26 d’octubre de 2011
Sean Lennon y Rufus Wainwright cantan "Material girl" para Occupy Wall Street
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Música
divendres 23 de setembre de 2011
Cuatro hombres agarrados del brazo caminan por la calle
Como todos los domingos, no tenía nada que hacer, así que decidí ir al centro de la ciudad con el objetivo de distraerme tanto como pudiera. Era un domingo en el que los comercios estaban abiertos, por lo que la gente fluía en masa por las calles, y de tanto en tanto se formaban grandes diques de contención alrededor de las tiendas. Yo me senté en una terraza, pedí un café y simulé leer el periódico. Por aquel entonces yo no era más que una joven de provincias que acababa de empezar una nueva vida en la ciudad como universitaria. Estaba en esa etapa en la que siempre se aspira a ser alguien importante, y por mi parte, yo quería ser escritora, pero realmente no sabía muy bien en qué consistía. Pensaba que lo primero era aparentar una imagen de persona interesante e intelectual, tal y como yo veía que hacía la gente de la ciudad. Empecé por imitar a mi adorada Agatha Christie vistiéndome de vieja andrajosa, aunque yo pensaba que me quedaba genial. También llevaba unas grandes gafas de intelectual que no necesitaba, y el pelo recogido a lo Virginia Wolf. De esta guisa me senté erguida y con gesto serio en la cafetería del centro de la ciudad, haciendo ver que pensaba en cosas interesantes o maquinaba algo que como mínimo cambiaria el curso de la historia. Levantaba de vez en cuando la vista del periódico que simulaba leer para inspeccionar los alrededores con mirada altiva, pero en realidad solo quería comprobar si alguien se maravillaba de mi apariencia y me tomaba por alguien interesante.
Así pasaba bastantes horas, viendo pasar el flujo de la multitud. De repente, pasaron por mi lado cuatro hombres agarrados del brazo. Eran tipos muy elegantes, con bombín incluido, que con aire feliz y despreocupado caminaban por la calle. Este hecho no me hubiese llamado la atención si no hubiese pensado inmediatamente en la magnífica estampa que regalaban al espectáculo del mundo. «Qué buenos amigos, qué congeniales y felices parecen», pensé. Y efectivamente, cuando pasaron sonrientes y con paso saltarín y al unísono, recordé aquella simpática imagen de un García Lorca sonriente paseando del brazo de un amigo, seguidos de un gentío gris sepia como comparsa. Solo faltaban en mi imaginación las palmeras ondeando en el aire.
Pero la multitud no conoce de amistes inquebrantables, y cuando ésta quiso pasar por medio de la cadena humana de los cuatro hombres, no pudo, y como peces atrapados en la red, solo pudieron zafarse de ella escabulléndose por los lados. Yo me quedé atónita, porque veía que los cuatro amigos, en vez de deshacer su unión por unos momentos para dejar pasar a la gente, simplemente se detenían, y cuando podían, seguían su camino sin dejar nunca de ir agarrados del brazo. Pensé entonces que estos hombres eran tan extravagantes que fácilmente podrían convertirse en el argumento perfecto de mi primera novela, por lo que tenía que averiguar de dónde venían, a dónde iban, desde cuando eran amigos, por qué se mostraban tan felices, y sobre todo, por qué paseaban así cogidos del brazo y nunca se soltaban, barriendo literalmente a la gente que se interponía en su camino. Sentí una gran alegría y excitación porque al fin se me presentaba un caso perfecto para imitar lo que yo creía que había hecho Agatha Christie para escribir sus apasionantes novelas. Así que me levanté, eché mano de mi inmaculado bloc de notas, y empecé a seguir a los bien unidos paseantes.
Corría detrás del cuarteto, aunque me fue difícil alcanzarles a pesar de que cada dos por tres se encallaban en el torrente de gente que en aquella hora era muy abundante. Cada vez que me acercaba a ellos, la gente airada por el previo encontronazo con los cuatro hombres me empujaba, y en más de un momento pensé que sería mejor dejarse llevar por el río del gentío que seguir a aquella cadena humana de sujetos extraños. No obstante, durante unos minutos que se me hicieron eternos, intenté seguir su estela, pero al final desaparecieron entre la muchedumbre, y derrotada al fin decidí salir de la gran avenida comercial.
Mientras caminaba sin ton ni son por las intrincadas y estrechas calles del barrio gótico, seguía preguntándome por el extraño cuarteto. Seguramente, la explicación más razonable era que se trataba de artistas o payasos que hacían sus numeritos por la calle, y que tal vez hubiera una cámara oculta y todo. Como decía al principio, en aquella época era muy idiota, y para demostrarlo me dije entonces que no, que estos hombres en verdad representaban algo que iba más allá de unos simples locos con afán de fastidiar. Eran en definitiva hombres que se rebelaban contra la masa de borregos, y defendían el amor fraternal por encima del consumismo desaforado. Más idiota fue la siguiente suposición, que consistía en considerar a los cuatro amigos como una espléndida metáfora contra la alienación, la falta de valores y la violencia de nuestro tiempo. Me quedé a gusto. Pero la guinda a todo ello fue canturrear por las calles en su honor la canción «Hand in glove», que tan bien les quedaba: «Hand in glove/We can go wherever we please/And everything depends upon/How near you stand to me». Así, contenta como unas pascuas, llegué a mi cuarto dispuesta a empezar mi primera novela con la vieja Olivetti de mi madre, como yo pensaba que había escrito sus novelas Agatha Christie. “El misterio de los cuatro”, empecé. Pero poco me duró el contento, porque de todo ello no salió nada más que muchos enojos y una montaña de papeles.
Al día siguiente, fui de nuevo al centro y vagabundeé por las calles. Había decidido que tenía que saber más de esos hombres para empezar a escribir algo decente. Sin embargo, al cabo de poco me vino la sensación de que no hacía más que dibujar círculos concéntricos alrededor de mí misma, y no sabia quién estaba más perdido, yo o aquellos hombres. Pero la búsqueda no fue infructuosa, porque al doblar una esquina vi un tumulto de gente, y al acercarme pude ver parte de la cadena humana intentando hacerse camino sin perder nunca la sonrisa. Como iba justo en su dirección, me dejé «pescar» para tener alguna posibilidad de hablar con alguno de ellos. Me fui difícil, porque comprobé cómo la gente, una vez atrapada, se ponía muy nerviosa y empezaba a golpear a los cuatro hombres. Vi (y sentí) pisotones, codazos, guantazos, insultos e incluso gargajos dirigidos a cada unos de ellos. Lo insólito era que aquellos señores a pesar de todo no se inmutaban, y a parte de ciertos sudores, no había en sus rostros nada más que los diferenciara de los de los hombres más felices de la tierra. Al fin, la cercanía me dio coraje, y algo en sus perennes sonrisas me hizo preguntarles (más bien gritarles) entre la algarabía por qué nunca se soltaban del brazo. Entre golpetazos uno pareció oírme, y como pudo me dijo, o yo solo pude oír, esto: « ¿Por qué no nos soltamos del brazo? ¿No ve que si nos soltamos nos perderíamos entre el gentío y nunca más nos volveríamos a ver? Porque…». Y el hombre sonriente no pudo continuar hablando porque de repente un paraguas se le clavó hondo en el abdomen y mi interlocutor se vio obligado a soltarse del brazo de sus compañeros. Se dobló sobre sí mismo, pero poco más pude ver porque una vez liberada, la masa me arrastró con fuerza lejos de los cuatro hombres. Luché casi a muerte contra el gentío para volver a alcanzarlos, preocupada por el estado del hombre que me había hablado y la suerte de los otros tres, pero poco a poco un conocido sentimiento me obligaba a dejarme llevar por la marea humana, y al final lo hice, e inmediatamente me sentí muy bien, y casi sin darme cuenta, en cuestión de segundos, prácticamente me olvidé de aquellos hombres. La marea me mecía, y al pasar junto a los escaparates, resultaba difícil no maravillarse de las cosas bonitas que en ellas se podía contemplar. Casi sin darme cuenta, poco a poco, en alguna parte de mi cerebro, al fin se decidía que era una gran idiotez eso de intentar parecerse a Agatha Christie, perseguir a cuatro idiotas insignificantes, y sobre todo, eso de ser una escritora.
Así que cuando llegué a mi cuarto, puse la Olivetti y las gafas y las ropas de vejestorio en una caja para tirar, y me fui a dormir, segura de que aquella noche ningún sueño o preocupación perturbaría mi descanso.
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diumenge 11 de setembre de 2011
dissabte 3 de setembre de 2011
Narciso y las moscas
“En 1285, las tropas francesas consiguieron entrar en la ciudad de Gerona.
Sin embargo, al profanar el sepulcro de San Narciso, de su cuerpo incorrupto
salieron unas moscas que empezaron a picar a los franceses.
Cuando los invasores, asustados, se fueron, las moscas habían matado a
4.000 caballos y 20.000 soldados al trasmitirles con sus picaduras
alguna especie de mal”.
(Traducido de la “Viquipèdia.com”)
No se ha sabido hasta que han pasado prácticamente veinte siglos, oculta tras una leyenda desfigurada, la verdadera historia que sucedió en la Gerona del año 375 de nuestra era, cuando la ciudad efectivamente fue invadida por una horda de moscas. La leyenda dice que éstas salieron del sepulcro de San Narciso para espantar a las tropas invasoras francesas, pero en realidad las moscas proliferaron debido a las pobres medidas higiénicas de la época, a un verano sofocante y a la sequía del río Oñà, desde siempre váter, cisterna y desagüe de la ciudad. Esta masa de insectos no solo transmitía enfermedades, sino que con sus picaduras sometían a los pobres gerundenses a conciencia, día y noche.
Y contrariamente a lo que dice la leyenda, el obispo Narciso estaba bien vivo cuando llegó la horda de moscas. Es más, desde lo alto de la catedral de Gerona pudo ver como a lo lejos se aproximaba una mancha negra y verdosa, tan grande que pensó que era una nube de tormenta. Como el río Oñà estaba bien seco, maleficio certero que había envenenado el aire hasta extremos insoportables, el obispo pudo al fin gritar un “aleluya” pensando que venía lluvia. Pero no fue hasta que la tuvo encima que supo que aquello que apagaba el sol no era una tormenta. Al cabo de unos días, después de ver y comprobar los estragos de los insectos y del estado lamentable de higiene de la ciudad, el obispo Narciso se reunió en las dependencias privadas de la catedral con su ayudante, el diacono Félix, para buscar una solución a esta situación tan repugnante:
- Diacono Félix, ha de ocurrírsele algo ahora mismo, no se puede vivir de esta manera. La gente, ahora más que nunca, nos invade la catedral con sus malolientes ruegos, alargando hacia el altar unas pústulas que da miedo ver, porque es el único lugar fresco de la ciudad y libre de moscas. Y aunque nos llenan los cepillos para que se obre un milagro, nos llenan la catedral con su inmundicia, aunque carguemos bien los inciensos. Además, ya estoy harto de estar aquí encerrado a todas horas. Bueno, no se quede ahí mirando como un pasmarote y diga algo.
- Honorable obispo, secas nuestras riveras y con este calor que no da tregua, la única solución es llamar a los franceses, que he oído que tienen sistemas de higiene muy avanzados.
- ¡Eso nunca!
- Sabe que si entra el ejército de Castilla nos queman la catedral, y si no hacemos nada también, porque la paciencia humana, como todo, tiene un límite. No hay otra solución.
El obispo estuvo de acuerdo y llamaron a los especialistas franceses que en pocas semanas construyeron una red romana de alcantarillas y desviaron las aguas del Ter hacia el Oñà, acabando así con la sequía del río-cloaca. Pronto la situación pestilente se normalizó para la época, y aprovechando la situación, los franceses decidieron ocupar temporalmente la ciudad como pago a sus servicios.
El obispo Narciso, contento por el éxito de su iniciativa, celebró una gran misa al aire libre para agradecer el milagro de María Auxiliadora, que había intercedido gracias a sus ruegos para salvar al pueblo del castigo divino. Milagroso fue considerado la limpieza de las calles y la desaparición de las moscas, ya que el pueblo campesino no conocía las maravillas de la arquitectura romana o las ventajas de los trasvases fluviales. Y así, rompiendo con su encierro forzado, el obispo y el diacono pudieron al fin bajar la ciudad, y de paso, visitar a Afra, una mujer de rasgos exóticos que vivía en los baños árabes. Con ella no debieron estar solo conversando, como dice la leyenda, porque al sorprenderlos Mohamed, el padre de la joven, montó en cólera. Pero el diacono, que esperaba su turno para “conversar” en una esquina, lo mató de un golpe con un candelabro de Damasco. Afra, al ver a su padre muerto, dio la voz de “asesinos”, congregando en los baños a mucha gente. El obispo, acorralado, culpó a la mujer de hereje y demoníaca. Al final, el mismísimo abad de la provincia tuvo que mandar a quemar a la mujer en la plaza pública por hereje y demoníaca.
Sin embargo, a pesar de los esfuerzos del abad, en el pueblo se extendió el rumor de los ardores asesinos del obispo tan rápido como sus propias pestilencias, cosa que los franceses aprovecharon para poner a la población de su lado dando a conocer el hecho de que fue gracias a sus trabajos que el pueblo se había liberado de las moscas y de sus pestilencias, y no debido a las oraciones de un obispo lascivo. Desesperado, el obispo Narciso veía su posición peligrar, más cuando tenía a la muchedumbre indignada en las puertas de su catedral. Empezó entonces en sus misas a maldecir a la población, tildándola de desagradecida y que si seguía con los murmullos blasfemos hacia su persona el castigo maloliente volvería a caer sobre ellos. Para demostrarlo, el obispo mandó aquella misma noche a un grupo de fieles (bajo pago de monedas de oro) que derribaran todas las estructuras fluviales que habían construido los franceses para el saneamiento de la ciudad, dejándola de nuevo vulnerable frente a los residuos fecales. Sin embargo, los franceses sorprendieron a medianoche a los saqueadores cuando prácticamente habían terminado los destrozos, aunque tras una buena paliza les hicieron confesar los planes del obispo Narciso.
Al día siguiente, un grupo de soldados franceses se reunieron en la plaza del pueblo con algunos antiguos amigos de Afra, que solo ellos hacían más de mil, y fueron corriendo a la catedral, no sin antes tropezar con grandes charcos de pestilencias donde volvían a ovar millones de moscas. Al entrar a golpetazos en la iglesia, sorprendieron al obispo en plena misa acompañado por el diacono Félix. Sin mediar palabra, un pariente de Afra le clavó una espada en el pecho, y cuando pensaron estaba muerto, los insurrectos bajaron las escaleras de la catedral cantando himnos de victoria. Sin embargo, estos se vieron atropellados en las mismas escaleras por los gerundenses, que al notar de nuevo la peste y los picotazos de las moscas, empezaron a llenar la catedral como manadas desbocadas buscando refugio. Los franceses también los siguieron, y montados en sus caballos, entraron en la catedral al galope como montados en el caballo de Atila, sin importarles qué o quién se llevaban por delante. Entre toda esta algarabía, por las puertas de la catedral se coló el insoportable hedor de la ciudad.
Mientras, el diacono Félix, que se había escondido detrás del altar, vio que el obispo aún se movía y salió de su escondite, tapándose la nariz para evitar el mal olor.
- ¡Oh, diacono Félix, qué desgracia morir así en medio de esta horrible pestilencia! Este hedor que debía ser el justo castigo para los pecados de esta escoria es ahora el mío. ¿Pero qué hace ahí tapándose la nariz mientras me muero? ¡Haga algo!
- Señor obispo, no tengo ni idea de…
De repente se oyó el sonido de un intenso zumbido de insecto que golpeaba las vidrieras.
- ¡Ya están aquí! -Gritó al unísono la muchedumbre asustada.
- ¿Qué es eso? ¡Hordas de ángeles que vienen a salvarme! – Exclamó el obispo ya en trance mortal. Al diacono de repente se le iluminó la cara, tanto, que dejó de sentir la peste. Entonces le susurró al moribundo:
- Señor Obispo, se me ocurre una cosa… algo que restaurará su fama y honor y le hará ser venerado como un santo.
- ¿Qué dice? ¡Hable ya!
Pero el diacono Félix, en vez de hablar, fue disimuladamente al sepulcro más antiguo de la catedral, lo vació de huesos, cogió al obispo en brazos y lo lanzó dentro sin ningún miramiento.
- ¡Ah! ¿Me quiere enterrar aún vivo? Maldito sea Félix, ¡sáqueme de aquí!
En ese momento las vidrieras explotaron y entraron en la catedral miles de moscas que empezaron a picar todo lo que se movía. El diacono, viendo que se acababa el tiempo, golpeó al obispo en la cabeza con un cáliz de misa, dejándolo bien muerto. Entonces las moscas, al cebarse más con los muertos que con los vivos, volaron en masa hacia el cadáver sangriento del obispo, cosa que aprovechó el diacono para apostarse en el altar, y una vez subido encima de la mesa de la misa, se dirigió a la muchedumbre:
- Ciudadanos de Gerona, ¡mirad!, el obispo Narciso, muerto a manos de los franceses, convertido así en mártir de nuestra tierra, ¡mirad como de su cuerpo salen las moscas que venidas del cielo eliminarán a los invasores! ¡Mirad cómo por su gracia divina nos libera de nuestro tormento! ¡Arrodillaos todos!, ¡Arrodillaos y orad por la intercesión de San Narciso! ¡orad para que nos salve de nuestra podredumbre y del yugo de nuestros pecados!
Los gerundenses desesperados se arrodillaron, porque solo un milagro los podía salvar de las moscas y del hedor infame, pero en realidad no sirvió de nada, porque a manos de la peste murieron no solo miles de franceses con sus caballos, sino también muchos más ciudadanos gerundenses. Afortunadamente para el difunto obispo, el decano Félix sobrevivió, con lo que pudo seguir fomentando el culto a San Narciso a la vez que llenaba bien el cepillo cada día. Y así es como se extendió la veneración del Santo Narciso por tierras gerundenses hasta nuestros días. Como escribió el abad Oliva en el siglo XI: “... Oh, bienaventurado Narciso, flor del paraíso que constantemente exhalas el buen olor de Cristo, ¿con qué alabanzas te exaltaremos? o bien, ¿qué admiraremos antes, tu fe o tus virtudes?”.
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regurgitaciones
divendres 29 de juliol de 2011
divendres 22 de juliol de 2011
#OCCUPYWALLSTREET
"The antiglobalization movement was the first step on the road. Back then our model was to attack the system like a pack of wolves. There was an alpha male, a wolf who led the pack, and those who followed behind. Now the model has evolved. Today we are one big swarm of people."
— Raimundo Viejo, Pompeu Fabra University, Barcelona, Spain

Fuente: http://www.adbusters.org/
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Miscelania
dimecres 13 de juliol de 2011
divendres 1 de juliol de 2011
Yelle - Live At Sónar 2011
S'eteint le Soleil
Qui est cette fille?/Unillusion
Que veux-tu
Ce Jeu
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diumenge 26 de juny de 2011
El ejido
A veces, por fortuna o sin ella, tienen lugar aquí y allá ciertos sucesos fuera de lo común, cosas que nos parecen totalmente inexplicables. Una de estas peculiaridades de esta existencia me ocurrió estando de visita por Plassans, una ciudad cercana a Niza. Más que una visita, fui a un entierro de un tío mío que, como el resto de mi familia por parte de madre, raramente se había aventurado a travesar los viejos muros que rodeaban la ciudad. Esto sucedió hace cinco o seis años, en un verano horrible que me disponía a pasar entre llantos y quejidos por alguien que apenas conocí.
A pesar de todo, me escapé por un tiempo de los paroxismos de mis parientes y me fui a dar una vuelta por la ciudad, no con la intención de conocerla, sino en busca de un buen bar con el que matar aquel calor que me tenía en ebullición. En esto que por la calle principal veo un carro antiguo de madera, con ruedas como aspas de molino, que renqueando llevaba una carga por lo menos curiosa. Me sorprendió que, al paso del carro, la gente se escurriera por detrás de puertas y portones, y que incluso los más foráneos de repente mostraban un vivo interés por los matojos de chorizos resecos o los mantillos enmohecidos que se exhibían en los escaparates. La calle se quedó prácticamente desierta, y entonces me fijé en el contenido de la carretilla. No adiviné qué era aquella masa gris polvorienta hasta que una calavera cayó del carro y se detuvo en mis pies después de rodar a trompicones por la acera. Alarmado, agarré del brazo a un abuelo que bajo un portón se intentaba petar las verrugas de una mano, y le pregunté qué era aquella especie de carro de la muerte. Pero calculé mal mi reacción, porque el viejo se sacudió el brazo, y con tono desafiante me dijo que fuera al cementerio de San Mitre y lo comprobara por mí mismo. Como esto suponía más distracción de lo que hubiese esperado de aquella ciudad de luto, me fui con paso ligero al lugar donde un enjuto payés con camisa a cuadros me indicó.
Fui rodando por una carretera que iba en dirección a Niza. El paisaje que lo rodeaba era similar al de la meseta, pero aun así, debido al calor del sol de mediodía, solo pude ver bajitos fantasmas verdes que bailaban como metidos en agua hirviendo. Ni las lagartijas aguantaban el calor, y lamenté haber dejado atrás los bares de Plassans. Pronto tuve mi recompensa, pero, al ver casi pegado al lado derecho de la carretera un cuadrilátero de cierta extensión que debía ser el cementerio de San Mitre. Me dio más confianza el hecho de que cierta gente estuviese hablando, mejor dicho, discutiendo al borde de aquella especie de recinto.
La escena que encontré allí era dantesca: varios sepultureros improvisados (lo supe por la expresión contrariada de sus caras) y una gran excavadora removían la tierra, del que surgían como patatas una infinidad de huesos humanos de varias generaciones, aunque relucientes, como recién roídos por alimañas. Aquel grupo junto a la carretera, más los sepultureros y yo mismo éramos los únicos testigos, aunque a mano derecha emergían de unas casuchas alguna que otra cara pálida, pero aparte de esto, solo unas moreras necrófagas y el muro semiderruido que circundaba la parte restante de aquel rectángulo del horror presenciaron el macabro meneo. Aquel espectáculo ya hubiese sido suficiente para mi curiosidad de no haber escuchado del grupo una conversación acerca del neandertal y de una tal mona Susy. Me acerqué más y vi que en medio de ellos, en el suelo, había algo tapado por una manta azul, como los restos de un cuerpo más bien bajito. Uno de aquellos hombres, al verme tan interesado, me preguntó que qué pensaba que era aquello, bestia o persona, y destapó lo que yacía en el suelo. Y ciertamente, me quedé atónito al ver el esqueleto de algo que, aunque conservaba la morfología humana básica, presentaba unas deformaciones que solo pensar como debió ser en vida ya producía escalofríos en medio del calor que estaba cayendo. Primero, la calavera era el triple que una cabeza normal, con una mandíbula enorme, en la que la parte inferior de la misma sobrepasaba la superior al menos por la mitad. Las manos de aquella cosa tenían forma de garra de ave de presa, y los pies eran dignos del hombre de las nieves. Pero lo más insano del asunto eran los dientes, tanto, que cuando mis ojos se detuvieron en ellos pegué tal respingo que asusté a los que me rodeaban.
Queda de más decir que el monstruoso esqueleto que escondía el cementerio de San Mitre supuso una gran conmoción, no solo en la ciudad, sino en todo el país. Y aun a día de hoy ningún científico ha sabido identificar a quién debió pertenecer aquel esqueleto, a hombre o a animal, de dónde vino y cómo había llegado a parar allí, y mejor aún, cómo nadie se había enterado. De lo único que unánimemente están seguros es que aquellos huesos no pertenecían a un ser prehistórico, sino a alguien o algo que falleció hacía pocos años.
Han pasado, como he dicho, cinco o seis veranos de este misterio. El caso es que hace unos días murió mi tía y tuve que volver a Plassans. Para mi sorpresa, el tema del monstruo-simio aún estaba en boga. Esto lo supe cuando visité el cementerio, que ahora se hace llamar el ejido de San Mitre. Con el paso del tiempo, aquel rectángulo macabro se ha convertido en el almacén de un chatarrero, que había construido con destreza inconsciente un laberinto de bloques de hierro. Al lado, un campamento de gitanos se había instalado en aquel lugar, aunque me extrañó no ver a persona alguna por los alrededores. Aproveché este hecho para adentrarme en aquel laberinto de cubos regios, altos como tres hombres. Allí tampoco había nadie, aunque comprobé que aquel laberinto era un núcleo de actividad tanto para los niños como para los adultos. En los innumerables huecos había tentativas de juguetes y construcciones más o menos consistentes, y un poco más allá, los kleenex y los preservativos se esparcían por una hierba muy tupida. Embobado como estaba, chuté algo que salió rodando, y con estupor descubrí que era una calavera humana. Rápidamente quise salir de allí, pero al cruzar una esquina me topé con un gran tumulto de gente que apaleaba a alguien. No vi la cara de nadie, solo que a la víctima, que prácticamente intuí por la cantidad de gente que se amontonaba a su alrededor, le caían golpes por todas partes. Supe que lo iban a matar, así que salí corriendo con el rabo entre las patas, mientras una mezcla de voces infantiles, de hombres y mujeres, gritaban al unísono: «¡Puto mono! ¡Muérete, maldito simio!».
Como digo, a veces ocurren cosas que son difíciles de entender. Cada día miro las noticias para saber la suerte del pobre infortunado, pero un extraño silencio parece que se ha instalado en Plassans. La policía, a la que inmediatamente fui a denunciar los hechos, se limitó a escucharme con aire compasivo, y cada vez que pregunto a mi familia sobre este suceso simplemente eluden el tema, como si de repente se volvieran sordos. En cambio, no puedo dejar de percibir como una mezcla de miedo irracional y atracción morbosa se ha apoderado del alma de Plassans, y sea lo que sea, gira en torno al ejido de San Mitre.
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divendres 17 de juny de 2011
dimarts 14 de juny de 2011
David Vann "Sukkwan Island"
«Por la noche, tarde, su padre volvió a llorar. Hablaba consigo mismo en pequeños susurros que sonaban como gemidos mientras lloraba y Roy no podía entender lo que decía su padre o descifrar cuál era el dolor de su padre ni de dónde provenía. Las cosas que su padre se decía a sí mismo solo lo hacían llorar más, como si se obligara a hacerlo. Se quedaba callado y luego se decía algo más y volvía a gemir y sollozar. Roy no quería oírlo. Lo asustaba y lo incapacitaba y no tenía forma de reconocerlo, ni ahora ni durante el día.
No pudo pegar ojo hasta que su padre terminó y se quedó dormido. Por la mañana, Roy recordaba el llanto, y le parecía que eso era exactamente lo que no debía hacer. En virtud de un acuerdo del que nunca había sido testigo, se suponía que debía oírlo por la noche y después durante el día no solo olvidarlo sino, de algún modo, hacer como si no hubiera existido. Empezó a tener miedo de las noches, aunque solo habían pasado dos. Por la mañana su padre estaba alegre otra vez y preparó huevos, cebolla, patatas y bacon. Roy fingió que tenía más sueño que él y que le costaba despertarse porque quería pensar y todavía no estaba listo para unirse a la alegría y el olvido».
David Vann, SUKKWAN ISLAND. Alfabia, 2010.
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Libros
diumenge 5 de juny de 2011
dijous 2 de juny de 2011
El verano
Comedor pequeño, un perfil de tresillo a la derecha y una televisión a la izquierda. En el fondo, una puerta de salida a la izquierda, y en el centro la cocina, en la que se insinúa una cocina de butano, una pica a la derecha y a la izquierda una pequeña mesa plegable con taburetes. A la derecha del comedor, una puerta lleva al resto del piso. La madre está sentada en el sofá vestida con una bata y pantuflas. Frente a ella tiene una pequeña mesita plegable donde hay un plato con una rodaja de pan untada con mantequilla de cerdo. La madre tiene unos sesenta años. El hijo está de pie frente a la puerta de salida, como si hubiese acabado de entrar. Casi rozando la veintena, va vestido de deporte y mira a la madre con determinación, mientras ella a su vez mira la tele masticando el pan con la manteca de cerdo.
HIJO
(Con voz titubeante) Mamá, he pensado en apuntarme a clases de guitarra.
MADRE
(Sin dejar de mirar la tele, masticando) ¿Ah, sí? ¿Con qué dinero?
HIJO
(Se balancea de una pierna a otra) Bueno, he pensado contar con los ahorros, ya lo he calculado todo, pero en los últimos meses si tú me pudieras ayudar...
MADRE
(Sigue mirando la tele) Ni hablar, ese dinero es para cuando vayas a la universidad.
HIJO
Mamá, cuando vaya a la universidad seguiré trabajando y así me lo pagaré yo todo.
MADRE
(Lo mira de refilón, gesticula con la mano que sostiene el pan) ¿De veras? Porque, que yo recuerde, siempre has dejado de ir a todos los sititos a los que te he apuntado: Te apunté a clases de refuerzo y no ibas, al gimnasio te apunté y no ibas, te apunté a la piscina y no ibas, te apunté a las clases de voleibol y no ibas ¿quieres que siga?
HIJO
(Se pone recto) Mamá, ¡de eso hace ya mucho tiempo! Estas clases son diferentes, me hacen mucha ilusión, realmente tengo ganas de aprender a tocar la guitarra. Por cierto, a las clases de voleibol me apunté yo y sí que iba.
MADRE
(Vuelve a mirar a la tele y le da un bocado al pan) Creo que te empieza a fallar la cabeza.
HIJO
(Se acerca ella) De verdad, mamá, te prometo que te devolveré el dinero.
MADRE
No, no, yo no pago nada para que luego no vayas, ya sé cómo eres, que te he parido yo.
HIJO
(Se agacha frente a la mesita plegable, como si se asomara) ¡Te prometo que te los devolveré! Además, casi todo lo voy a pagar yo mis los ahorros.
MADRE
(Le mira de refilón) ¿Cuánto tienes que pagar al mes?
HIJO
Alrededor de ochenta mil pesetas.
MADRE
¡Huy! ¿Todo ese dinero? ¡Al mes! No, no, no, ¡ni hablar! ¡Tú no sabes lo que me cuesta a mí conseguir el dinero para que lo vayas malgastando por ahí! (Vuelve a mirar la tele)
HIJO
(Se levanta rápidamente) Mamá, te prometo que asistiré a clases ¡ya no soy un niño! Y te prometo que te pagaré la parte que me prestes. Casi tengo ahorrado todo el dinero de los meses que faltan para verano, y ya sabes que en verano volveré a trabajar en el restaurante, así que te devolveré lo que me prestes.
MADRE
¿Y cuánto quieres? (le vuelve a mirar de refilón)
HIJO
Pues unos cuarenta mil pesetas.
MADRE
¡Cuarenta mil pesetas! ¡Por Dios! (se queda pensando).
HIJO
Pero ahora no es necesario que me los des… (Vuelve a balancearse)
MADRE
(Como si hablara a la televisión)¡Ah! Pues olvídate de tocar aquí la guitarra, que el piso es pequeño y solo falta que los vecinos se quejen y me “inrites” los nervios.
HIJO
(Se le empieza a bajar poco a poco los hombros) Mamá, no es una guitarra eléctrica sino una acústica, una guitarra española baratilla que prácticamente no hace ruido.
MADRE
(Sin dejar de ver televisión y con la boca llena) No, no, te vas a la playa a hacer ruido que este piso es muy pequeño.
HIJO
¡Pero cómo me voy a ir a la playa! Te digo que no hace ruido, si rasgas flojito la guitarra apenas se oye (Empieza como a encogerse).
MADRE
¿Y cuándo vas a estudiar? ¿No tienes esos exámenes…? esos… ¿cómo se llaman?
HIJO
La selectividad, mamá.
MADRE
¡Yo qué sé!
HIJO
Tranquila mamá, que solo dedicaré una hora al día y el resto a estudiar, ya ves que no salgo de la biblioteca (Los hombros caen sobre sí mismos).
MADRE
Pues podrías venir aquí, estarías más tranquilo.
HIJO
Mamá, pero si cada dos por tres estás entrando, se oye la televisión y no tengo ni una mesa para escribir (Casi doblado sobre sí mismo, la voz suena cada vez más lejana).
MADRE
Bueno, la cuestión es quejarse.
HIJO
Mamá, ¿me prestarías el dinero sí o no?
MADRE
No, porque al poco tiempo no irás a clase, y dinero perdido, y no estamos para ir tirando el dinero tontamente.
HIJO
No es justo, al resto le has pagado las clases de lo que sea y yo que solo te pido que me prestes una parte, que te lo voy a devolver, vas y hechas en cara algo que hice cuando era pequeño. (Casi no se le ve detrás de la mesita de lo plegado que está)
MADRE
Porque no quiero que malgastes el dinero.
HIJO
¡Pero yo no malgasto el dinero! sabes que he guardado todo lo que gané en verano para pagarme un curso y ahora que casi lo tengo todo y te pido un favor me lo niegas por algo que hice de pequeño ¡es absurdo! Te pido por favor que lo reconsideres (Voz apenas audible).
MADRE
Yo no pienso darte nada, así que este verano ahorra más y el año que viene te apuntas si quieres.
HIJO
(Doblado completamente sobre sí mismo) Pero malgastaré un año…
MADRE
Da igual, el año que viene ahorras tu dinerito y, si aún estás encaprichado (que seguro que no), va y te apuntas, y asunto zanjado.
HIJO
(Apenas un suspiro) Pero mamá…
MADRE
No quiero oír nada más del tema. Y cállate ya, que me duele la cabeza.
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dissabte 14 de maig de 2011
dijous 5 de maig de 2011
La cabaretera
«Allí volveremos a encontrarnos,
bajo la farola estaremos. Como antes, Lili Marleen».
No sé por qué la gente tiene en tan poca consideración a las cabareteras. Me parece a mí que somos el sector social más infravalorado de toda la República. Pero puedo asegurarles que en estos tiempos somos tan necesarias como lo fueron los soldados que en el frente lucharon por nuestra patria. Yo incluso diría que somos más importantes. Figúrense lo que sería de nuestras ciudades, pueblos, aldeas y pedanías sin estos locales que ofrecen el espectáculo de las cabareteras. Y si no fuera así, ¿cómo consolar a aquellos que han perdido sus hijos en la guerra? ¿Y qué me dicen de los que han dejado alguno de sus miembros pudriéndose en el campo de batalla? Para eso existimos las cabareteras, para eso y nada más. Sin embargo, no entiendo los desaires ni los gestos torcidos que tantas veces son dirigidos a nuestra dirección; aunque nadie en este mundo tiene la capacidad para indignarme, más al contrario, esta gente me da lástima. Sí, porque intuyo que todos los que nos critican nunca han asistido a un espectáculo de cabaret. Y también me atrevería a decir que algo de todos ellos también se pudre en algún lugar, aunque no hayan empuñado un fusil en su vida. Y esto es lo que yo pienso. ¿Que cómo lo sé? Juzguen ustedes mismos, aunque en este respecto las palabras poco pueden hacer, y yo no soy ni monja ni poetisa, sino una artista del entretenimiento:
En sí, la atmosfera del espectáculo del cabaret existe y al mismo tiempo es creada por y para los sufridores, los desamparados. Les aseguro que a esta gente le alivia mucho esparcir y respirar el humo del tabaco, la nausea de los vómitos y el aliento del whisky. De esto se compone el ambiente de un cabaret, hasta que aparecemos nosotras meneando las faldas rojas, sonriendo y guiñando al respetable. Así empezamos con un número sencillo, una especie de taconeo para mi gusto un poco «remilgado», en el que básicamente lanzamos al aire nuestros vestidos vaporosos, que previamente hemos impregnado con perfume. El resultado es tan refrescante como el de un cisne sacudiéndose el rosario del amanecer. Seguidamente nos toca bailar un vals vienés molto allegro, y el efecto en el público es casi siempre es el mismo: es dar la primera vuelta y alguien vomita bajo la mesa, en la segunda vuelta un lisiado atiza a otro, y en la tercera vuelta un viejo exhausto deja caer su frente sobre la barra. Y así otra vez, un, dos, tres, un, dos, tres. La platea poco a poco se va caldeando, hasta que los vapores de sudor se vuelven casi irrespirables. Unos ojos sin brillo empiezan a calvarse en nosotras, tal vez buscando algo más allá del deseo, más allá de la ternura y de lo que llamamos felicidad, algo que yo misma no puedo ni intuir.
Sin embargo, a poco que las palmas arrancan el vuelo, el calor se vuelve más llevadero. Prácticamente todos nos silban y piropean, y para cuando los más borrachos gritan cosas incoherentes, ya nos hemos adueñado del local. Y casi sin darnos cuenta llega el tercer número, que consiste en una especie de pantomima en la que representamos el rapto de una bella princesa. ¡Cómo describirlo con palabras! Salimos al escenario vestidas con sedas vaporosas y tules de colores chillones, y hondeamos como serpientes en celo los abanicos, al tiempo que el humo y el vapor de los suspiros transforman nuestros contornos en algo tan liviano que parece que flotamos en el aire. El público se hipnotiza, no puede dejar de seguir con la mirada cada uno de nuestros movimientos. Y cada vez hace más calor, y el ritmo de las palmas va en aumento, hasta que al fin llega la apoteosis: el baile del can-can. Con los primeros compases los más enérgicos de entre el público ya se suben a las mesas, y saltan y dan palmas sin parar. Las copas caen, las carcajadas se vuelven histéricas, algunos rostros se amarillean y otros se amoratan. En el escenario, el ritmo es frenético: Las faldas se menean como velas sin arriar en una tormenta, y nuestras piernas suben y bajan cual teclas que golpean las cuerdas de un piano; así nos zarandea la música, las palmas, los gritos. Llegados a este punto, las almas vuelan ¿Quién se acuerda, en estos momentos, de la guerra, de la derrota, de la humillación? ¡Nadie! En este mundo solo se puede sentir el traqueteo de nuestros pies, la rugosidad y el frufrú de nuestras faldas, el sudor de nuestras musculosas piernas, el brillo de nuestras pupilas. Todo parece estar bien, el mundo es una fiesta, y lo que está fuera ya no existe. Entonces es cuando puedo sentir, con más fuerza que nunca, cómo el público me demanda algo casi ininteligible, en voz baja, aunque no paren de gritar y de silbar. Y por más que quiera, no puedo llegar a entender qué me quieren decir, y sé que jamás los llegaré a entender, no hasta que yo también caiga de este mundo cansada, agotada, lisiada; en definitiva, cuando me convierta en uno de ellos. Así es como yo lo creo.
Al final, envueltas en tupidas plumas que lentamente se desprenden para volar por el calor reptante, aparecemos en el escenario por última vez para cantar «Lili Marleen», con una gran sonrisa, como si el cansancio y la melancolía no fuera con nosotras: «Cuando la luna llena se arremoline/yo estaré en la farola/como antes, Lili Marleen». Y los señores del público, ebrios hasta el punto de no saber ni cómo se llaman, cantan agarrados, meciéndose débilmente en un mar imaginario que irremediablemente les devolverá a su vida, que no es una paradisíaca isla sino un continente entero de miseria, hambre y soledad. Pero ellos, aunque agotados, aun sueñan. Sueñan que la hermosa Lili Marleen les espera a todos y cada uno de ellos bajo una farola, cuya intensa luz se desprende de nosotras mismas, las cabareteras, y del cabaret.
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dimarts 26 d’abril de 2011
divendres 22 d’abril de 2011
Cerco a Villepen
Señor Villepen, esta vez se ha pasado de la raya ¿Cómo ha podido imaginar que no me daría cuenta de que detrás de todo este despropósito estaba su naricilla olfateando? ¡Decir que la difunta fue asesinada! Mire, es todo tan sencillo como que la chica cogió su yate de un millón de euros, se hinchó de barbitúricos y acto seguido se lanzó al mar. Y nada más, caso cerrado. Pero claro, tuvo que aparecer usted con sus ansias de protagonismo y liarla. Señor Villepen, este caso es diferente, y sí, lo es porque la fiambre es de buena familia. Qué quiere que le haga, el mundo es así. Y esta investigación se va a cerrar muy pronto, quiera usted o no. Así que no venga a tocarme las pelotas. Mire usted, desde hace ya tres semanas le he permitido tener acceso a toda la información del caso, olfatear bien como a usted le gusta, y dar lecciones a cualquiera que le intente parar los pies, incluido yo mismo, el inspector encargado del caso. ¿Ve cómo se ríe? Pero no sabe lo que hay en juego. La buena reputación y el descanso de una familia, la tranquilidad de una comunidad. ¡No permitiré que se extienda el rumor de que hay un asesino en este pueblo! Le repito, y no intente interrumpirme más, que esa mujer se suicidó. ¡Ah! O sea que alguien la mató en su propia casa, la arrastró a su yate y luego la lanzó al mar simulando un suicidio. ¡Qué divertido! Me parece a mí que usted lee demasiadas novelas policiacas. Pero lo que me molesta más no es que invente pruebas y levante sospechas peligrosas, sino que transmita sus calumniosas fantasías a mis superiores ¡Y la que ha armado! ¡Federales! ¡Aquí! ¿Sabe qué suponen sus insinuaciones para un pueblo como este?
Está bien, señor Villepen; reconozco que casi admiro su intuición y perseverancia, así que escuche, yo soy el inspector de este caso, le guste o no. Como hombres inteligentes que somos, consideremos en este momento sus indicios, que para mí son meras suposiciones, y las pistas oficiales que hemos recabado el cuerpo de policía durante estas tres semanas. Usted sostiene que la suicida, o como la llama usted, la víctima, en el momento de morir estaba semidesnuda, y que por tanto la vistieron ya muerta porque, según usted, una mujer rica nunca llevaría una combinación de ropa tan arbitraria, desordenada y de mal gusto, con varias prendas al revés. Además, la víctima no llevaba la alianza, que solo se quitaba para dormir a pesar de llevar meses divorciada. Ya muerta y vestida, el asesino la hinchó de barbitúricos y le arrancó un enorme mechón de pelo como souvenir, cosa que le hace sospechar que el asesino era alguien de su entorno. Luego, no se sabe cómo, este «alguien de su entorno» la llevó a su yate, (sin que nadie los viera, a plena luz del día), condujo la embarcación a un sitio determinado, tiró el ancla para que, según usted, se viera claramente que se había ido a suicidar en ese lugar, y finalmente echó el cuerpo al agua. Esto, según usted, lo demostraría el hecho de que un navegador experto como la difunta nunca hubiese elegido ese lugar para suicidarse, donde la corriente llevaría su cuerpo a la playa para regocijo de los paseantes. Además está el tema de los barbitúricos. Si se quería suicidar ahogada, ¿por qué tomó los barbitúricos, o se los hicieron tomar? ¿Para reforzar la idea de suicidio por parte del asesino, o para asegurarse el suicidio por parte de la mujer? Yo creo que la segunda opción es la menos descabellada ¿Que eso es lo que el asesino quiere dar a entender? Lo suyo es ya delirante, señor Villepen. Usted también supone que un suicida que no deja nota de despedida ni testamento casi siempre quiere desaparecer sin ser descubierto. Sin embargo, el asesino lo dispuso todo para que se pensara en un suicidio. Es usted muy buen observador, señor Villepen, pero me gustaría saber cómo probará todo esto ante un tribunal. ¿Las causas del suicidio? Elija una: El divorcio reciente, la carga de un hijo, desilusiones, depresiones, o que haya tenido que vender su Ferrari, ¡cosas de ricos!
Creo que a veces se le olvida a su naricilla que aquí estoy yo para rebatirle: Aquella mañana la difunta se levantó con la idea de matarse, así que poco pensaría en anillos, y menos en vestirse a la última moda. Esto no demuestra nada. Y si fue asesinada ¿dónde están las heridas en el cadáver? Algún forcejeo habría ¿no? El cuerpo solo presentó los roces típicos de ser arrastrado por la marea durante días, nada más. ¿Que fue alguien conocido, por eso no hubo resistencia y por eso le arrancó un mechón de pelo como recuerdo? Como le digo, lo del mechón puede deberse a algún golpe en la roca, algún depredador ¿quién sabe? Y las dos uñas arrancadas, lo mismo. No se debió a ningún forcejeo con nadie, se lo aseguro. Ya le he explicado el porqué del bote de barbitúricos, su versión no se aguanta por ningún lado. No me miré de esa forma, sabe que es cierto. Lo que no puede hacer es por un mechón de pelo y porque el cuerpo este casi inmaculado levantar sospechas contra la familia y su entorno más inmediato.
La segunda contradicción que usted ve es que si la difunta quería suicidarse, desaparecer, al fin y al cabo, ¿por qué puso el ancla en el barco y, siendo una excelente navegadora, se fue a suicidar en la peor zona, donde sabía de sobra que la marea llevaría su cuerpo a la costa? A primera vista, sí, parece que la difunta quería llamar la atención. Pero ¡ah! Usted y su naricilla rastreadora se dieron cuenta de que si esta mujer tenía casi tanto afán de protagonismo como usted, ¿por qué no dejó una nota y ni siquiera dejó testamento? Y con esto usted concluye que fue asesinada. Buena conexión, pero en la vida no siempre dos más dos son cuatro, señor Villepen. Que la mujer fuera madre de un niño de nueve años y que no dejara testamento en una familia tan codiciosa como la suya es dejar al niño huérfano y tieso. Tal vez no fuera tan buena madre, y le repito que seguro que estaba tan enajenada que no podía pensar en todo, como demuestra lo de la ropa, la alianza, el ancla y todas las demás contradicciones que usted ha señalado.
He de reconocer que a veces sus invenciones parecen bastante certeras, ¡sí señor! La gente con imaginación siempre me ha atraído mucho. Ha conseguido hacerme dudar, y sin duda podría convencer en un primer momento a los federales, pero no se haga muchas ilusiones. Aunque ahora me pica un poco la curiosidad, no lo puedo negar. Dígame, según usted ¿quién puede ser el asesino? Ya sé que baraja a varios, pero sé que no está seguro. Yo tampoco lo estaría. ¿El ex marido? Yo me decantaría por la idea de que este encargó un sicario, pero es la opción fácil. ¿Algún amante resentido? Es más probable. ¿Deudas, enemistades letales? Las familias como esta siempre esconden grandes secretos, más si son tan poderosas como para controlar a un pueblo entero. Y la difunta seguro que tendría una doble vida, como corresponde a toda buena ricachona.
Como ve, señor Villepen, solo tiene suposiciones. Sí, es cierto que nosotros también, y que muchas veces la verdad no es lo que parece a simple vista, pero no vamos por ahí fantaseando conspiraciones y asesinatos (por más que nos gustaría) ni señalando a la familia, sabiendo que esto puede poner nerviosa a mucha gente importante de la que depende prácticamente todo este pueblo. ¿Qué pronto demostrará su teoría? Bueno, espero que sea antes de que vengan los federales, porque si no es así, ya se puede ir despidiendo de su placa de detective. Y ahora adiós, señor Villepen, le ruego que me deje trabajar tranquilo, que ya ha causado demasiadas molestias. ¿No? Lo suponía.
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dissabte 9 d’abril de 2011
divendres 8 d’abril de 2011
Tekeli-li!
"March 22 - The darkness had materially increased, relieved only by the glare of the water thrown back from the white curtain before us. Many gigantic and pallidly white birds flew continuously now from beyond the veil, and their scream was the eternal Tekeli-li! as they retreated from our vision. Hereupon Nu-Nu stirred in the bottom of the boat; but upon touching him, we found his spirit departed. And now we rushed into the embraces of the cataract, where a chasm threw itself open to receive us. But there arose in our pathway a shrouded human figure, very far larger in its proportions than any dweller among men. And the hue of the skin of the figure was of the perfect whiteness of the snow."
The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket, by Edgar Allan Poe
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Libros
dimecres 6 d’abril de 2011
Caníbal de rosas
No fui consciente de por qué me metieron en un internado hasta que, años más tarde, salí de allí con mis mejores años marchitados del todo. El internado, que se erguía en medio de las montañas del Pirineo catalán, era un establecimiento sólo para niñas, dirigido con mano férrea por la directora, la señora Maldà. La directora era una mujer pequeña, con las mejillas y la sonrisa infantil de todas las obesas, aunque su voz era cortante como un cuchillo japonés. Como yo, había internadas unas trescientas niñas de bien, que se preparaban para el mundo en roídos pupitres, en un ambiente ahogado por los suspiros y el sopor de nuestras antepasadas, aquellas que, antes que nosotras, vieron diluirse allí su juventud. Recuerdo algunas de nuestras profesoras, sobre todo la de lengua. Un espécimen seco, con cabellera estropajosa, que se deleitaba fumando en clase y lanzando miradas de odio mientras una de nosotras rasgaba en la pizarra los ejercicios del día. A mí me recordaba a la Dama de Elche; tiesa, pétrea, con algo de la ancestral maldad de la tribu. Por el contrario, la señorita de ciencias naturales era pura inocencia. Tenía la carne tan tierna que daba ganas de tocar con un dedito, olía a bebé, y era pronta a subirse a la mesa e imitar, en una especie de ataque de epilepsia, a los animales más extravagantes para que nosotros los adivináramos. Hasta que venía la señora Maldà como temporal de pedrisco y terminaba con todo el divertimento.
Y también estaban mis compañeras. Realmente las recuerdo a todas por pequeños detalles. Por ejemplo, después de compartir tantas noches con mi compañera de habitación, ni siquiera recuerdo su cara. Es curioso sentir la juventud como una sábana mortuoria. Mis compañeras, todas vuelven como fantasmas entre neblina que hablan con voces sin pulmones. La única que me aparece viva es Erika. Recuerdo el primer día de clase, cuando volvía hastiada de las vacaciones, y allí estaba, plantada en un rincón, mientras la Dama de Elche la presentaba a la clase con evidente desgana. Erika permanecía inmóvil, con la vista en frente sin mirar a nada ni nadie. Cuando se sentó en su pupitre, la maestra ya encendía el tercer cigarrillo. La miré un buen rato. Los cabellos de sangre le caían como una cascada por la frente, alta y pálida; y los ojos los tenía como espéculos que nunca descansaban en ninguna parte. Yo quería conocerla, pero no me atrevía; casi siempre la encontraba en un rincón del patio, observando dios sabe qué, o dando vueltas alrededor del pabellón de gimnasia, en silenciosa conversación con alguien invisible. Las demás la tenían como a la asocial de la escuela (siempre hay una) pero a ella poco le importaba. Aun la veo como si fuera ayer en clase de literatura, en medio del sueño y el aburrimiento, las miradas de todas atendiendo a los árboles que golpeaban las ventanas, como si pidieran permiso para entrar. Erika leía de pié, con la vista baja y las cejas levantadas con solemnidad, la mano como de alabastro sujetando el papel, firme, ni el más leve temblor la estremecía. Cuando leía así, me imaginaba que su alma se elevaba lejos, hacia las montañas, y que era poseída por los espíritus de los poetas. Para mí, Erika era un ser con verdadero talento (algo que desde entonces solo había intuido en los libros), lo mejor de aquel podrido internado de las montañas del Pirineo. En esa época somos así de inocentes. No me extraña que la señora Maldà y la Dama de Elche la trataran primero con temor, y luego con indiferencia; Erika era algo que les mostraba, como un espejo sucio, la absurdidad maligna en que morían nuestros años.
Yo era un ser más solitario que ella, si cabe. Aunque me relacionaba con el resto de niñas, era todo fachada; odiaba su superficialidad de ratonera, y recuerdo que, después de estar con ellas, la mandíbula me dolía tanto por el esfuerzo que temía que se desencajara. Hasta que llegó Erika. La primera vez que me atreví a hablar con ella fue cuando la encontré por casualidad dentro de un rosal, de espaldas a mí, como si estuviera siendo absorbida por las plantas. En un impulso la cogí del hombro y estiré, porque creía que las espinas la estaban trinchando. Entonces vi que realmente era ella la que estaba comiendo, una rosa aun por florecer se retorcía entre sus dientes nuevos. Ella no se sorprendió, incluso me ofreció una. Continuó con su manjar, como si nada, y me alejé. Pensé que era una cosa demasiado extraña, que Erika era demasiado extraña.
Al día siguiente en el patio, Erika me agarró de la mano y me dijo que la siguiese. Me dejé llevar por una niña con la que apenas había cruzado dos palabras, pero algo en mí quería ir donde ella me llevara. En silencio, travesemos la verja oxidada que rodeaba el internado por un minúsculo agujero, y corrimos ladera abajo. Yo tenía miedo, nunca había olido la humedad del musgo, ni sentido a los pájaros en sus árboles tan de cerca. Parecía como si desde allá arriba nos animaran, como el público en sus gradas. Nos lancemos por una pendiente y caí de bruces; ella me agarró de las axilas, me sentó y me puso saliva en las rodillas. «Ya está», me levantó de nuevo y se puso a correr; yo cojeaba como podía detrás de ella. Al cabo de poco nos metimos en una maleza espesa, el camino casi inexistente. Varias zarzas me arañaban, y cuando ya no podía más, caí en una especie de claro. De nuevo, Erika me levantó y entonces vi una gran balsa abandonada. Estaba llena de agua verdosa que olía a bosque, coronada por una tupida aureola de libélulas. «Vamos a cazar renacuajos». Yo la miré y le acribillé de preguntas: Si no sabía que la expulsarían si la descubrían, si no temía que sus padres se enterasen, si no tenía miedo de estar sola, de que le pasase cualquier cosa horrenda, etc. Ella me contestó, imitando mi voz: « ¿No tienes miedo de esto, miedo de aquello, miedo de lo otro? Aquí parece que solo hay miedo, pero yo no lo tengo, nunca lo he tenido, y aquí hay muchos renacuajos. Venga, que te enseño cómo se cazan». En aquel momento me sentí conmovida, simplemente porque de todas, ella me eligió a mí como compañera de juegos. Alrededor, las libélulas volaban, se detenían, giraban sobre sí mismas, volaban otro poco, se detenían, descendían; mientras los renacuajos se dejaban cazar, como si estuvieran desesperados por salir al mundo terrestre. Así me sentía yo por primera vez, como salida de una pesadilla de aguas estancadas y podridas, y empujada al fin hacia la libertad del bosque.
A partir de entonces nos hicimos muy amigas; ella era la que hablaba, normalmente de temas muy elevados que yo apenas entendía, aunque la mayoría de veces permanecíamos en silencio, la una con la otra, bajo un entendimiento especial que no necesitaba de palabras. Muchas veces la acompañé de nuevo a la balsa y a los rosales donde devoraba las incipientes flores, y yo pensaba en cómo, de una manera u otra, aquellos años nos terminarían por devorar también a nosotras. Erika al final se salvó, en parte por su personalidad, en parte por la muerte prematura de su madre, que la obligó a marcharse en medio del curso. Me gusta imaginar que fue así, que acabó siendo diferente al resto de nosotras.
Erika se fue como vino, casi sin despedirse. Nunca más supe de ella, ni de la señora Maldà, la Dama de Elche, o la simpática profesora de ciencias naturales, solo sé que derrumbaron el internado. Me alegré porque fue como si una venganza espiritual cayera sobre aquella jaula de piedra en medio de las montañas. De mi vida, que gracias a Dios está a punto de terminar, solo me alienta de vez en cuando la visita de Erika, que en sueños me sigue llevando de la mano a través del bosque.
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